Ni lucho contra gigantes ni estoy en la época del Quijote. Cuando los rascacielos de la gran ciudad parece que se me van a caer encima mientras camino por las amplias avenidas, agarro el volante de mi coche y me lanzo a la carretera en busca de un horizonte infinito.
Me gusta ser yo la que domine desde las alturas todo lo que abarca mi mirada. Contemplar las inmensas llanuras que se extienden kilómetros y kilómetros. Hace muchas horas que salí de la ciudad, rumbo a ninguna parte. Me puse un CD con música mística para acompañarme, y guardé la cámara de fotos en la guantera.
Apenas he hecho una parada por el camino, tampoco había nada que me llamara la atención como para que mereciera la pena detenerme. Recargar la gasolina y a continuar la marcha. La cámara parece que quiere salirse de su cobijo cuando las enormes aspas de los molinos asoman al fondo.
Será casualidad, pero el depósito de combustible está vacío. Por eso he bajado a hacer unas fotos.
Aquí estoy, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, empiezo a contagiarme de la locura del Quijote…

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