No sabes qué camino tomar, qué obstáculos tendrás que salvar en el trayecto, qué te depara el destino. Quedarse solo en medio de lo desconocido puede resultar más peligroso que aventurero.
Seguro que alguien sabe lo que hace, dónde va y cuál es la mejor opción a tomar. Te agarras a su retaguardia, bien fuerte para no caerte por mucho que tiemble el suelo, llueva o truene. No eres el único que tiene dudas, y poco a poco se van sumando a la procesión más ejemplares de tu especie.
Cuando te das cuenta, la larga fila ha alcanzado tal longitud que es imposible ver el final. Tú sigues a un líder, pero para el que tienes detrás, tú eres su líder. El proceso es complicado, lento y trabajoso.
Tras horas y horas de duro caminar, la marcha se detiene. El que ha ejercido de locomotora del peculiar convoy, mira hacia atrás sorprendido y sentencia:
“Amigos, gracias por haberme acompañado hasta aquí. Me siento muy feliz por haber compartido con vosotros el último día mi vida. Sé que todos me apreciáis, pero este es el final”.
Acto seguido se envuelve en una espesa crisálida, mientras los presentes suspiran, agotados. Uno a uno, y por el orden de la fila, se encierran en su duro caparazón. Es, al mismo tiempo, su final y su comienzo.
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