
Cuando las profecías anunciaban el fin del mundo para el 2012 había muchos escépticos que negaban cualquier teoría que pudiera suponer el fin de la especie humana.
El día llegó y todo se cubrió de una espesa nube de ceniza. El mar tembló y una ola gigante inundó lo que quedaba de tierra, apagando el fuego que devoraba todo bicho viviente de la superficie. Los que lo veían venir gritaban desesperados y corrían sin encontrar un lugar en el que refugiarse. No había salida.
Tras la destrucción, llegó una espectral calma. Un silencio que era capaz de perforar la atmósfera. Una masa uniforme resurgió en el mar. Un pedazo de tierra en medio del inmenso océano. Una pequeña criatura yacía inconsciente, respirando con dificultad. Un rayo descargado por los últimos vestigios de la fuerte tormenta le produjeron una vital sacudida. Era una niña, o lo más parecido a una niña teniendo en cuenta su metálico aspecto de cyborg.
No necesitaba a nadie para sobrevivir. Fue creciendo retroalimentándose con la energía solar, respirando dióxido de carbono y reconstruyendo su pequeño paraíso. Han pasado ya 342 años. El único ser sobre la faz de la tierra no es capaz de amar, no es capaz de sentir, no se reproduce. Pero está condenado a sobrevivir a la eternidad.
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