Almudena es viuda desde los 35 años. Perdió a su esposo en una de esas guerras orientales en los que unos quieren conservar lo suyo y otros quieren robárselo, pero muchos mueren en el intento.
La muerte de Alfredo fue para Almudena como un pequeño infarto tras el cual una parte del corazón queda inservible para siempre. En todos los años que estuvieron juntos, no habían conseguido tener hijos y sus respectivas familias vivían muy lejos. Se podía decir que únicamente se tenían el uno al otro.
Al quedar Almudena sola, el enorme caserón en el que vivía se le hacía demasiado grande. No estaba dispuesta a que su hogar se convirtiera en una mansión fantasma, sobre la que se crearan rumores y leyendas de diversa índole, pero tampoco se veía capaz de mantener por sí misma tantos metros cuadrados.
Cuando superó su duelo interno, decidió darle un giro a la utilidad de su vivienda. Con ayuda de algunos amigos influyentes logró montar un orfanato. Por primera vez su casa estaba llena de niños, juegos y alegrías. Los propios residentes se encargaban del mantenimiento del edificio y los jardines, aprendiendo a convivir y a la vez a querer a Almudena.
Muchos han ido abandonando el orfanato cuando eran adoptados por familias, otros aún continúan, ayudando a crecer a las nuevas generaciones. Almudena ya es una anciana, que vive feliz en su viejo caserón que un día compartió con su marido Alfredo. Los jardines rebosan de coloridas plantas, y al fondo, la casa, es el símbolo de la esperanza para muchos.
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