Historia de una imagen
Cada imagen, cada fotografía, tiene detrás mil historias posibles. Yo propongo una, y tú me cuentas la tuya
martes, 15 de mayo de 2012
Horizonte Don Quijote
miércoles, 30 de junio de 2010
Hasta que nos mojamos
Esta noche quiero ver las estrellas. Hace demasiado calor, propio del verano, y quiero dormir a la intemperie, bajo el cielo iluminado por los astros nocturnos.
Hay silencio en las calles, excepto el lejano ‘cricri’ de los grillos. Me acurruco a tu lado para disfrutar del momento, con una leve brisa acariciando nuestros rostros. Ese airecillo se va convirtiendo en ligeras ventoladas que alivian el exceso de calor.
Un nubarrón negro tapa de repente la luna y las estrellas. Apenas te puedo ver en esta inmensa oscuridad, pero tu abrazo me hace saber que sigues aquí. El cielo se ilumina como si desde las alturas nos hicieran fotografías con un potente flash. Decidimos contraatacar con nuestra reflex, y captamos el preciso instante en el que un serpenteante rayo rasga el negro universo.
Se está tan a gusto aquí, sin techo, fresquitos, y con un espectáculo luminoso ante nuestros ojos… Pero nuestro momento termina aquí, nos empezamos a mojar…
martes, 29 de junio de 2010
Confianza ciega
No sabes qué camino tomar, qué obstáculos tendrás que salvar en el trayecto, qué te depara el destino. Quedarse solo en medio de lo desconocido puede resultar más peligroso que aventurero.
Seguro que alguien sabe lo que hace, dónde va y cuál es la mejor opción a tomar. Te agarras a su retaguardia, bien fuerte para no caerte por mucho que tiemble el suelo, llueva o truene. No eres el único que tiene dudas, y poco a poco se van sumando a la procesión más ejemplares de tu especie.
Cuando te das cuenta, la larga fila ha alcanzado tal longitud que es imposible ver el final. Tú sigues a un líder, pero para el que tienes detrás, tú eres su líder. El proceso es complicado, lento y trabajoso.
Tras horas y horas de duro caminar, la marcha se detiene. El que ha ejercido de locomotora del peculiar convoy, mira hacia atrás sorprendido y sentencia:
“Amigos, gracias por haberme acompañado hasta aquí. Me siento muy feliz por haber compartido con vosotros el último día mi vida. Sé que todos me apreciáis, pero este es el final”.
Acto seguido se envuelve en una espesa crisálida, mientras los presentes suspiran, agotados. Uno a uno, y por el orden de la fila, se encierran en su duro caparazón. Es, al mismo tiempo, su final y su comienzo.
Lo que la guerra me dejó
Almudena es viuda desde los 35 años. Perdió a su esposo en una de esas guerras orientales en los que unos quieren conservar lo suyo y otros quieren robárselo, pero muchos mueren en el intento.
La muerte de Alfredo fue para Almudena como un pequeño infarto tras el cual una parte del corazón queda inservible para siempre. En todos los años que estuvieron juntos, no habían conseguido tener hijos y sus respectivas familias vivían muy lejos. Se podía decir que únicamente se tenían el uno al otro.
Al quedar Almudena sola, el enorme caserón en el que vivía se le hacía demasiado grande. No estaba dispuesta a que su hogar se convirtiera en una mansión fantasma, sobre la que se crearan rumores y leyendas de diversa índole, pero tampoco se veía capaz de mantener por sí misma tantos metros cuadrados.
Cuando superó su duelo interno, decidió darle un giro a la utilidad de su vivienda. Con ayuda de algunos amigos influyentes logró montar un orfanato. Por primera vez su casa estaba llena de niños, juegos y alegrías. Los propios residentes se encargaban del mantenimiento del edificio y los jardines, aprendiendo a convivir y a la vez a querer a Almudena.
Muchos han ido abandonando el orfanato cuando eran adoptados por familias, otros aún continúan, ayudando a crecer a las nuevas generaciones. Almudena ya es una anciana, que vive feliz en su viejo caserón que un día compartió con su marido Alfredo. Los jardines rebosan de coloridas plantas, y al fondo, la casa, es el símbolo de la esperanza para muchos.
El último Cyborg

Cuando las profecías anunciaban el fin del mundo para el 2012 había muchos escépticos que negaban cualquier teoría que pudiera suponer el fin de la especie humana.
El día llegó y todo se cubrió de una espesa nube de ceniza. El mar tembló y una ola gigante inundó lo que quedaba de tierra, apagando el fuego que devoraba todo bicho viviente de la superficie. Los que lo veían venir gritaban desesperados y corrían sin encontrar un lugar en el que refugiarse. No había salida.
Tras la destrucción, llegó una espectral calma. Un silencio que era capaz de perforar la atmósfera. Una masa uniforme resurgió en el mar. Un pedazo de tierra en medio del inmenso océano. Una pequeña criatura yacía inconsciente, respirando con dificultad. Un rayo descargado por los últimos vestigios de la fuerte tormenta le produjeron una vital sacudida. Era una niña, o lo más parecido a una niña teniendo en cuenta su metálico aspecto de cyborg.
No necesitaba a nadie para sobrevivir. Fue creciendo retroalimentándose con la energía solar, respirando dióxido de carbono y reconstruyendo su pequeño paraíso. Han pasado ya 342 años. El único ser sobre la faz de la tierra no es capaz de amar, no es capaz de sentir, no se reproduce. Pero está condenado a sobrevivir a la eternidad.
